El acecho*
- Pluma invitada
- 5 jul
- 3 min de lectura
Actualizado: 7 jul
Por Carmen Matute
La cama, solitaria en medio de la habitación parecía un barco abandonado en una playa. Era más llamativa por la roja sobrecama cayendo pesadamente hasta el suelo por los cuatro lados del lecho, que por ser el único mueble en aquel lugar. Carecía de almohadones y el rojo intenso de la seda le daba a la par de una gran sensualidad, un aire principesco. Su deslumbrante e intenso color me hacía recordar las preciosas cajas lacadas, admiradas alguna vez en las tiendas de un lejano barrio chino.
Desde una de las esquinas de la inmensa habitación, observaba - sin inmutarme - tal escena. Brillaba la seda bajo una luz cuyo origen no podía ubicar, revelando el diseño de arabescos grandes y pequeños de su textura, enredados interminablemente en una trama armoniosa y delicada. No me sorprendió, sin embargo, ver que la cama no estaba vacía. Sobre ella descansaba verticalmente un enorme huevo, cuya parte más estrecha apuntaba hacia el techo. La temperatura del lugar era muy placentera, aunque tal vez tendía a ser algo cálida. Por un momento pensé que esa sensación contribuía a que el riquísimo color púrpura de la sobrecama predominara sobre la blancura del huevo, a pesar de su tamaño descomunal. Si no hubiera sido por la intensidad de aquel color, podría afirmar que en el ambiente había cierta melancolía dolorosa, opaca, mezclada vagamente con un matiz fantasmal provocado, acaso, por una indefinible luz amarillenta y desvaída. Pero tal vez esa era solo mi propia percepción.
Bajo aquella luz irreal desparramándose hasta el último rincón de la alcoba, nada interrumpía el recorrido de la vista sobre la marfileña simplicidad de las paredes, ni siquiera una ventana pequeña o un cuadro, mucho menos una puerta. El piso también era sencillo, sin diseños, uniforme y monótono en su color arena. nada perturbaba en realidad, lo apacible que resultaba la visión del huevo gigantesco ocupando la cama, igualmente desmesurada. Tampoco tenía duda alguna, ni preguntas inquietantes, ni pensamientos que turbaran aquel instante, estaba segura de guardar ese recuerdo para siempre en mi memoria. Por momentos me parecía como si el mundo entero estuviera inmóvil, tal era la quietud del entorno en el que me encontraba.
Desde mi esquina intentaba no parpadear y respiraba apenas, pues no quería interrumpir el suspenso, la tensión que en medio del silencio ponía ante mis ojos aquel cuadro con el vívido fondo rojo destacando la mole blanquísima del huevo. Me maravillaba casi hasta el estupor, el admirable equilibrio de la frágil masa blanca que, elevándose sobre sí misma, mostraba su belleza perfecta e inmutable.
Así permanecimos algún tiempo. Yo, mirando la cama larga y ancha, acogedora en toda su brillante seda roja y el huevo monumental en su blancura, sin que nada se moviera. El cuello comenzaba a dolerme y luchaba por comprender y dominar lo inexplicable, invasiva agitación. Me sentía muy alerta, con todos los sentidos agudizados por la ominosa sensación de que, a pesar de toda esa quietud algo pasaba afectándome en alguna oscura forma.
Desde el lugar un poco alejado donde me encontraba, solamente podía sentir o tal vez, presentir, la cercanía del momento en que todo aquel hechizo se destruiría. Me encontraba paralizada en el rincón, alucinada frente a un sentimiento intuitivo, premonitorio, indefinible. Cuando creí que ya no me era posible continuar inmóvil escuché un ruido atravesando el aire denso que llegaba hasta mis oídos atenuado, imperceptible casi, al principio con la misma levedad de un soplo.
¿Se rasgaba?¿Se resquebrajaba? ¿Era, acaso, un sollozo saliendo del corazón del huevo hasta expandirlo y rajar sus débiles paredes?
No supe con seguridad de dónde provenía aquel sonido hasta el momento de ver las rajaduras creciendo en un lento zigzag, cada vez más largas y profundas, visibles a penas en la superficie y retenidas aún por la membrana interior del cascarón tornándolo traslúcido, como si sus paredes súbitamente se hubieran adelgazado. Entonces, un infinito sentimiento de tristeza, una congoja indescriptible se apoderó de mí, justo en el instante en que las grietas por fin se ahondaron alrededor del huevo, y pude ver deslizarse - casi filtrarse - a través de ellas, muy lentamente, con la pureza de la materia jamás tocada, la viscosa transparencia de su clara.

*Publicado originalmente en la sección dominical de El Periódico, El Acordeón, 10/03/23.

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