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CARTA A MI HERMANA PAZ

Por Alejandra Bermúdez Mallol

Junio 19, 1981


¿Recuerdas, hermana, mi casa llena de canastos, de vasijas, de tinajas de barro? Abrí sus puertas para que el prodigio popular iluminara mis rincones, para que el color del pueblo alumbrara mis paredes.


Y siempre había un lugar para algo más. Para los retratos solemnes de nuestros abuelos. Y para sus espadas. Y los viejos libros de nuestro padre. Y las cosas viejas de todos. Los antiguos baúles con mis nostalgias gastadas. ¿Recuerdas las muñecas de trapo, los juguetitos multicolores? Al aferrarme a ellos tal vez quería aprisionar mi infancia.


Luego la presencia de los hijos inscribió su propio sello y aparecieron los tambores, las guitarras, los charangos, las flautas, las quenas.


Y los afiches subversivos y las proclamas, la insaciable sed de justicia de la juventud invadieron corredores y pasillos. Cuando uno, a los cuarenta y cinco años, tiene que dejar todo aquello atrás, deja también parte de uno mismo. Y como que uno se lleva su casa a cuestas y pretende reinventarla en el destierro. Pretende reeditar su casa, darle vigencia.


Pero hoy, hermana, serenamente, te digo la imposibilidad de nuevas ediciones de nuevas casas. Porque de esa, la nuestra, yo me llevé lo mejor, lo único que verdaderamente valía: el recuerdo instalado para siempre de la vida que en ella palpitaba.


Mas, cuando en mi casa ancha y blanca irrumpieron la muerte y la sangre, desolando murallas y ladrillos, dejándola huérfana de hijos y de voces, entonces, hermana, comprendí que el corazón del hombre es la mejor y más hermosa casa que uno puede habitar.


Conmemoración del asesinato de José León Diaz



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