RETAZOS:RECUERDOS DE INFANCIA MEDITERRÁNEO
- Maria Odette Canivell

- 5 jun
- 4 min de lectura
Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa,
y escondido tras las cañas duerme mi primer amor, llevo tu luz
y color por donde quiera que vaya. (Mediterráneo, Joan Manuel Serrat)
Volví a Málaga porque me recordaba a mi padre.
Papá era andaluz por nacimiento, hijo del Mediterráneo y fieramente español. A pesar de su alma profundamente ibérica, vivió como nómada toda su vida. Pero siempre añoró la Málaga de su infancia; y al mar, al que amaba como “una mujer, perfumadita de brea”. Ese amor a la mar no muere nunca; la morriña es mucha.
Por circunstancias de su vida azarosa, nosotros vivíamos en Madrid. Pero todos los veranos, sin falta, bajábamos a Málaga para que visitara a mi abuela en el Limonar, en su casa de Villa Malín.
Tengo recuerdos fugaces de esos tiempos estivales. Los días calurosos. La siesta obligatoria que me desesperaba porque no podíamos hacer ruido, mientras nuestros padres dormían el sueño de los justos, o se hacían carantoñas en medio del calor. Mis hermanos eran más pequeños que yo, así que dormían sin rechistar durante el reposo de la tarde. Yo no lograba conciliar el sueño. No podíamos leer, jugar, o hacer nada; solamente descansar de cuatro a seis y media de la tarde —todos los días, mientras el sol de la costa apretaba fuerte. Por fin, cayendo la tarde-noche, en ese crepúsculo malagueño lleno de colores, nos levantábamos de la cama (la siesta española no es en sillón o en el escritorio; es con pijama, arropados bajo las cobijas) y nos íbamos a pasear por la Alameda, o a ver el mar desde el malecón. La merienda-cena y los helados los tomábamos en la calle Larios, en la heladería Mira. Y, si salíamos a cenar —cerca de las diez y media de la noche, era para un pescaíto frito en el restaurante El Camarote, en Benalmádena.
Me recuerda Guisela, mi hermana que, mientras veraneábamos con la abuela, la carne brillaba por su ausencia. Nuestra comida consistía principalmente en mariscos y pescados que mi madre compraba en el mercado de Málaga, o en el de Torremolinos, y a los que llevaba a casa para freírlos en aceite de oliva, o hacerlos al ajillo sobre las brasas. A mamá le encantaban todos los mariscos. En especial los centollos, que a mí me daban mucho asco porque comía con deleite el coral, que es la parte de la centollo- hembra que tiene los huevos adentro del caparazón.
Aunque la playa de la Malagueta donde mi padre pasara su juventud no era buena, porque tenía piedrín en vez de arena blanca, algunas veces nos acompañaba la niñera de turno para que no jorobáramos a los mayores. Otros días, ya cayendo el sol, papá nos llevaba al malecón a pescar mini pescaditos con unas cañas infantiles que no pescaban nada. A mí me daba mucho asco la cosa, porque teníamos que pescar el gusano en una cubeta con agua, con las manos, y prenderlo en un anzuelo pequeñito. Después tirábamos la caña al mar para ver qué picaba. No recuerdo haber pescado nada nunca, a diferencia de mis hermanos pequeños, quienes muchas veces lograron coger algún mínimo pescadito.
Los días de verano eran largos y ociosos. No había colegio, excepto para mis dos hermanos: Pedro y Rodrigo. En algunas ocasiones le tocaba trabajar también a Guisela, porque, como los dos varones, no era buen estudiante y dejaba, como ellos, asignaturas retrasadas. Rocío era muy pequeña todavía, así que no tenía que preocuparse por recuperar las clases suspendidas, ni por cumplir la tarea del verano, que era leer algún libro que asignaban las maestras con la esperanza de que no nos embruteciéramos con el largo asueto.
El día de estío duraba mucho: dieciséis horas, o más. Aunque el calor fuera casi inaguantable, en una Costa del Sol sin aire acondicionado, era muy fácil arreglártelas para refrescarte el cuerpo con duchas de agua fría o saltando al mar, cuya temperatura era más bien fresca, aun en pleno estío.
La casa de mi abuela en el Limonar era una magnífica construcción con cuatro pisos altos y señoriales, cuyas paredes recias y sus amplios ventanales espiaban al jardín. El abuelo Paco había comprado la Villa Suiza, que era como se llamaba antes, a sus primeros dueños, quienes la mandaron a erigir cerca de 1905. Inmediatamente después se dedicó a renovarla, y bautizó a su nueva morada con el nombre de Villa Malín, en honor de mi abuela Amalia. Tal vez para escapar del calor, algunas estancias se encontraban en la mitad de la casa, sin acceso a la luz del día ni a ventana alguna que dejara entrar el aire fresco. De ellas recuerdo en especial que había una tipo salón a lo morisco, con arcos y todo, donde la familia pasaba la calima, de aquellos días de verano, especialmente cuando llegaba el Terral soplando fuerte desde el desierto africano. Si estabas mirando al jardín, en las estancias que daban a la calle, el aire fresco entraba por las ventanas abiertas. Así la solana se atenuaba un poco, sobre todo por las tardes, cuando las muchas horas de calor hacían que los aposentos parecieran una sauna.
Lo que más me gustaba de esa casa de niñez era un enorme jardín poblado de palmeras llenas de dátiles y de árboles que a mí me parecían gigantescos, cuya sombra nos protegía del bochorno estival. En una esquina que daba hacia la calle, había un mirador cubierto de azulejos donde me sentaba a leer y a oír la música de moda. Mis primas Canivell me cuentan que el jardín tenía unas fuentes preciosas que echaban agua al aire, y una guirnalda de flores de jazmín que cubría el mirador, prestándole a su vergel una olorosa fragancia…
Continuará……


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