¿Cómo puedo ayudarla, señorita?
- Maria Odette Canivell

- 16 feb
- 2 Min. de lectura
Las lenguas romances tienen palabras que contemplan el estatus social de la persona sobre la que hablan. En latín la palabra señorita tiene varios cognatos, entre ellos: puella, virgo, iuvenca etc; mientras que señorito es puer (más relacionado con los niños) o dominulus, ya que Dominus es señor.
En el castellano, el portugués, el francés y el italiano, señor viene de senior-oris, cuyo significado es más viejo o más mayor, pero que además era un título para aquel que era dueño de propiedades y no era esclavo, sino libre.
El lenguaje cambia y evoluciona. Mientras que antiguamente se acostumbraba a colocar don, y doña como forma respetuosa para indicar aquel que fuera un gentilhombre, o para una mujer con cierta clase social, en Guatemala se ha perdido esa costumbre y la doña y la doñita son, generalmente, asociadas con lenguaje empleado para trabajadoras en mercados, tiendas etc.
De un tiempo a esta parte, he notado la manía de llamar a todas las mujeres: “señoritas”, con la excusa de que el interlocutor no sabe si la mujer a la que interpela está casada o es soltera.
Mientras que el hombre, una vez llega a cierta edad, deja de ser puer o dominulus (chico, señorito) para convertirse en señor; para la mujer, por el contrario, es señora solamente si está casada.
El uso de “señorita”, consecuentemente, está directamente relacionado con su estado social en relación a una pareja (o la falta de ella). Los calls centers y los operadores que tienen que atender a miles de figuras sin rostro por teléfono, y de forma automatizada, son los mayores pecadores en cuanto a minimizar a las mujeres convirtiendo a todas en “itas”. La razón por la que lo hacen es clara: a los operadores les pagan por terminar la llamada (aunque usualmente no solucionen el problema) en cierto tiempo. Si no lo hacen, son penalizados. En consecuencia, te llaman señorita, y te ningunean, (ya malo es eso) sin hacer verdaderamente el trabajo por el que reciben un sueldo.
No quisiera que los hombres pensaran que a ellos tampoco dejan de solucionarles sus problemas, puesto que los call center son el infierno de la edad moderna: pasas siete horas al teléfono esperando que te arreglen lo que pides, y buena suerte con lo anterior, jamás sucede. Te aprendes de memoria la canción que colocan en la línea donde esperas ser atendido, a la que odias con odio jarocho por su tintineo repetitivo y, después de larga espera, te dejan frustrado y sin arreglo. Pero, por lo menos, si eres hombre, tengas quince o cincuenta y cinco años, seas casado o soltero, te llaman por tu nombre: señor.
A las mujeres, nos toca el diminutivo que tiene connotaciones paternalistas y además ninguneadoras. No llegamos al respeto de ser señor. De la misma manera que muchos guatemaltecos llaman “señorcito” a los meseros, o a las personas que les sirven, los call center y sitios de atención al público te señoritean con desparpajo.
No sé a quién se le ocurriera esa “brillante idea” de adjudicarle a todas las mujeres un diminutivo, pero me parece muy mala usanza del término.


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