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¿Cómo puedo ayudarla, señorita?

Las lenguas romances tienen palabras que contemplan el estatus social de la persona sobre la que hablan. En latín la palabra señorita tiene varios cognatos, entre ellos: puella, virgo, iuvenca etc; mientras que señorito es puer (más relacionado con los niños) o dominulus, ya que Dominus es señor.

En el castellano, el portugués, el francés y el italiano, señor viene de senior-oris, cuyo significado es más viejo o más mayor, pero que además era un título para aquel que era dueño de propiedades y no era esclavo, sino libre.

            El lenguaje cambia y evoluciona. Mientras que antiguamente se acostumbraba a colocar don, y doña como forma respetuosa para indicar aquel que fuera un gentilhombre, o para una mujer con cierta clase social, en Guatemala se ha perdido esa costumbre y la doña y la doñita son, generalmente, asociadas con lenguaje empleado para trabajadoras en mercados, tiendas etc.

            De un tiempo a esta parte, he notado la manía de llamar a todas las mujeres: “señoritas”, con la excusa de que el interlocutor no sabe si la mujer a la que interpela está casada o es soltera.

Mientras que el hombre, una vez llega a cierta edad, deja de ser puer o dominulus (chico, señorito) para convertirse en señor; para la mujer, por el contrario, es señora solamente si está casada.

El uso de “señorita”, consecuentemente, está directamente relacionado con su estado social en relación a una pareja (o la falta de ella). Los calls centers y los operadores que tienen que atender a miles de figuras sin rostro por teléfono, y de forma automatizada, son los mayores pecadores en cuanto a minimizar a las mujeres convirtiendo a todas en “itas”. La razón por la que lo hacen es clara: a los operadores les pagan por terminar la llamada (aunque usualmente no solucionen el problema) en cierto tiempo. Si no lo hacen, son penalizados. En consecuencia, te llaman señorita, y te ningunean, (ya malo es eso) sin hacer verdaderamente el trabajo por el que reciben un sueldo.

No quisiera que los hombres pensaran que a ellos tampoco dejan de solucionarles sus problemas, puesto que los call center son el infierno de la edad moderna: pasas siete horas al teléfono esperando que te arreglen lo que pides, y buena suerte con lo anterior, jamás sucede. Te aprendes de memoria la canción que colocan en la línea donde esperas ser atendido, a la que odias con odio jarocho por su tintineo repetitivo y, después de larga espera, te dejan frustrado y sin arreglo. Pero, por lo menos, si eres hombre, tengas quince o cincuenta y cinco años, seas casado o soltero, te llaman por tu nombre: señor.

A las mujeres, nos toca el diminutivo que tiene connotaciones paternalistas y además ninguneadoras. No llegamos al respeto de ser señor. De la misma manera que muchos guatemaltecos llaman “señorcito” a los meseros, o a las personas que les sirven, los call center y sitios de atención al público te señoritean con desparpajo.

            No sé a quién se le ocurriera esa “brillante idea” de adjudicarle a todas las mujeres un diminutivo, pero me parece muy mala usanza del término.


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