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Un escritor de fábula

Por Lucrecia Méndez de Penedo.*

La primera vez que uno conoce a Tito Monterroso, inevitablemente desconfía. Es un señor de apariencia demasiado inofensiva; su interés por escuchar demasiado genuino; su gentileza, desconcertante. Destroza el identikit de duende perverso que uno había fabricado; aquél a quien no se le escapa el mínimo gesto (siempre los más reveladores) de la pequeñez humana. Además, mientras más esconde su exagerada erudición, más perturba: tanta sencillez o es condescendencia o no es posible. Tiene que haber gato encerrado.

            Conocerlo hace muchos años me hizo velar en pena mis magras armas. Para colmo, me enteré a última hora que estaba casado con una escritora. Enfrentar a un escritor ya era mucho, pero a dos simultáneamente, angustioso. Pero tanto él como Barbarita me conquistaron. Lo que imaginé como una goleada digna de un Mundial, resultó ser un inolvidable juego de ping-pong, que he tenido la suerte de repetir de vez en cuando.

            Cuando uno se encuentra cerca de un escritor tan, pero tan punzante, tiene la neta sensación estar bajo un lente de aumento –desposeído de la categoría literaria de Gregorio Samsa. Peor aún, cuando amablemente lo primero que pregunta es: “¿Y ahora qué estás escribiendo?”, la única respuesta decente es: “La verdad es que estoy leyendo”. Hablar con Tito es sufrir pensando que uno se quita y pone las máscaras de sus personajes: de mono sabio, de vaca épica, de camaleón tornasolado, quizás hasta de dinosaurio retrógrado, mientras que él con toda naturalidad, permanece distante –y seguramente sonriendo socarronamente– detrás de la oveja negra.

            Al pasar el tiempo, resulta reconfortante constatar que Monterroso no es la Leyenda (con mayúscula) y menos aún, la piraña que suponíamos. Cosa que no se puede decir de muchos artistas. Sin embargo, este señor tan cortés, pero tan rotundo, es capaz de una de las más devastadoras travesuras literarias: la refinada ironía. Sabe como pocos poner la palabra exactamente en la llaga propia y ajena: ni un centímetro de más ni de menos. Camina candoroso por los campos minados de la solemnidad, pulverizándolos.

            No estoy de acuerdo con quienes aseguran que la escritura de Tito Monterroso no es ni barroca ni trágica, (que para algunos sería como carecer del pedigrí y color latinoamericanos). Pues bien, sí es barroco, pero de pensamiento (no sé si de obra), y es trágico (porque la ironía es más eficaz que la retórica). Es un moralista agazapado, aunque jamás lo reconocería. Sería tomarse demasiado en serio. Así como lo demuestra el pudor de su falsa modestia, obsequio que los grandes ofrecen como premio de consolación a los pequeños.

            Como escritor “audaz y cosmopolita”, su lacónico y negro sentido del humor lo hace parecer tan guatemalteco (por lo punzante) como británico (por la flema). Acaso la sutil diferencia es que casi nunca habla del tiempo.

            Finalmente Guatemala tiene l’enfant terrible que se merece.



*Publicado originalmente en El hilo del discurso, de Lucrecia Méndez de Penedo.

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