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El gran seductor

Por Lucrecia Méndez de Penedo

Difícil tarea fijar el rostro de Mario Monteforte Toledo Como si se intentara congelar la vida.  Y como si él lo permitiera fácilmente. El escritor guatemalteco juega un duelo con el lente de Ricardo Mata: ambos están al acecho.  La mirada inteligente y desafiante dice mucho más que las palabras.

            Tiene un hermoso semblante de joven anciano. Las líneas de su rostro, como si fueran las de su mano,  revelan lo que uno imagina como una vida azarosa y plena todavía en intermitente ebullición.  No hay cansancio en su gesto. A ratos parece un santo barroco, un conquistador quijotesco, un pecador irremisible.  En todo caso, un aventurero rebelde en el mejor sentido de los términos.

            Este poliedro de imágenes  -como en un claroscuro- descubre las facetas de una vida intensa.  De alguien que seduce, porque no hay ensimismamiento sino mudo y vibrante ruego, exigencia, complicidad.  Detrás de los surcos faciales, los cabellos todavía casi al viento, la mirada penetrante.  Monteforte insinúa sueños, paraísos  -acaso algún infierno-  como reto de temeraria invitación a la vida.

Cortesía de Letralia.
Cortesía de Letralia.

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